Encuentros fortuitos
Con la edad te irás volviendo menos reflexivo —decía el espejo de la tienda de antigüedades a otro recién llegado.
Nacemos con una condena a muerte, sin fecha de ejecución.
El mundo iba por entonces tan deprisa, que los que viajábamos hacia el futuro aparecíamos en el pasado.
Desde que perdí el control, no he podido cambiar el canal de televisión.
Ocupaba un lujoso ático. Sus posibilidades vivían en la planta de abajo.
El cine sonoro dejó mudos a sus primeros espectadores.
Pisé mi alma. Se me acababa de caer a los pies.
Charles Dickens creó un personaje que se caracterizaba por sus sentencias breves. Lo llamó Oliver Tuit.
“Qué pesadilla tan realista”, fue lo último que pudo pensar antes de ser devorado por las escaleras mecánicas de los Grandes Almacenes.
Bajo el sol implacable del desierto, descubro que los espejismos no son más que pensamientos evaporados de otros náufragos, como yo.
Años después, regresé al hogar familiar. Todo parecía estar en su sitio. Incluso mi reflejo seguía intacto, en el espejo del dormitorio.
Cuando me enfado, ladro y gruño como un perro. Nada extraordinario hasta aquí, si no fuera porque soy un hamster.
